EL PARAÍSO EXTRAVIADO
Ayer dediqué todo el día a leer, de una tumbada y un tirón, Los eunucos inmortales, del escritor Oswaldo Reynoso.
Reynoso es un escritor con quien me identifico íntimamente y cuya hermosa prosa disfruto horrores. Comparto y agradezco su preocupación por el “goce” del camino literario. Sabe adónde lleva al lector pero le gusta que al lector no se le escatime el placer del trayecto. Siempre me transporta con las cortinillas del vagón descorridas a un paisaje sensorial siempre intenso.
Su novela de 1995 es contundente, con momentos portentosos. Me siento cómodo acurrucado en el regazo de su mirada, esa mirada proyectada de dulce desolación, de persona asomada desde el lado equivocado, del que querría ser el centro de la vida y se siente accesorio pasivo a ella, del que se siente estafado por un Dios al que ni se permite permitirle vida para exigirle cuentas… del que se sabe conductor, en vez de detonante y destinatario último de los acontecimientos.
Me apasiona su mirada de peruano apátrida (pero fiel como nadie a sus desarraigos emocionales, que son los que cuentan y determinan) sobre China: otra patria incómoda y, al fin, desagradecida. Me parece una mirada inédita, pues está despojada de ningún paternalismo, de ninguna asunción materialista, de ninguna noción de sabiduría impostada: el narrador no dispone de un país de origen que sienta modelo a aplicar… y tiene tantas cuentas pendientes consigo mismo como el nuevo país que habita. Espera más del “Viejo Mundo” que le acoge de lo que él puede aportar.
Este narrador se confiesa socialista y se trasluce pansexual: su contradicción íntima es la que me une a él y su mirada límpida de voluntad prejuiciosa o de empeño humano en inhumanas preconcepciones, la que me admira y conmueve íntimamente.
Cuando llegué por primera vez a Lima, más ignorante aún que en el día de hoy, la Distribuidora Océano organizó allí una presentación de mi primer libro, y Oswaldo Reynoso fue uno de los presentadores. Si yo hubiera leído previamente Los eunucos inmortales, debería haberle saludado con una infinita inclinación de cabeza, como mínimo china.



Septiembre 26th, 2009 at 11:21
Buen comentario. Para mí, “Los eunucos inmortales” es la mejor novela de Reynoso, y la mejor novela peruana de los años noventa. Aunque está par con par con País de Jauja y Lituma en los Andes.
Es una novela lograda: a mi me conmovió mucho, y te transporta a esa realidad creada de la ficción.
Como español, quizá te sorprenda lo poco reconocido que es Reynoso en nuestro medio. No es trivial decir que es una injusticia, para la literatura, que las editoriales y premios internacionales no le presten la atención que le corresponde a su calidad literaria. Mientras, con todo respeto, los libros frívolos e insustanciales de Jaime Bayly se venden en todas partes. Ah, maravillas del espectáculo.
Septiembre 27th, 2009 at 5:00
Creo que ese fenómeno ocurre en todas partes. Supongo que hay muchísimos buenos escritores españoles poco reconocidos a los que ni yo hago caso. Pero resulta especialmente sangrante visto desde fuera, claro. Aunque como lector no creo que sea incompatible poder disfrutar de Bayly y de Reynoso.
La novela de Reynoso no es particularmente difícil. Su hálito es clásico y romántico. No debería de ser complicado encontrarle editor en España.
En fin, ya otras veces, con otros autores peruanos, me di contra una pared en el mundo editorial español…
Gracias por tu comentario.
Mayo 11th, 2010 at 13:00
Hola Hernán, Los eunucos inmortales es una hermosa pieza de literatura. Lo que me a mí me conmovió es su eficacia para retomar esos grandes e inagotables temas como la búsqueda personal de la felicidad, los choques interculturales, la amistad, y la capacidad de soñar con utopías libertarias y emancipadoras.
Y todo ello mezcladas con esa alta poesía y momentos portentosos que alcanza Reynoso. Mis pasajes favoritos: el ingreso del escrito a la Plaza de Tian´anmen en una carreta, y sobre todo, aquella tarde tranquila de amigos donde Liang en la misma Plaza hace una cometa de dragón, la lanza al cielo y cuándo más alta está, la deja libre volando: “Desde las balaustradas de la base de la Columna a los Héroes del Pueblo, vimos al dragón, colorido y emplumado, navegar, festivo, en el inmenso cielo de la Plaza Tian‘anmen, hacia el oeste.” Y hubo absoluta libertad. Gran literatura.