MI NOVELA Y EL PERÚ
Ya ha salido en España mi nueva novela, Quítame tus sucias manos de encima, y las primeras entrevistas en la prensa, en las que el Perú es un tema constante de discusión.
Ya ha salido en España mi nueva novela, Quítame tus sucias manos de encima, y las primeras entrevistas en la prensa, en las que el Perú es un tema constante de discusión.
Pues sí, queridos.
Joan Marín y yo hemos dejado las páginas de Etiqueta Negra y nos hemos ido a Dedomedio.
Atención a las nuevas peripecias de Martínez, el escritor español en Lima. ¡El tipo sigue creyéndose el centro del mundo! O al menos del Perú…
Ésta de arriba es la página de este mes. Podéis ampliarla clicando sobre ella.
Por supuesto, todos los personajes de esta historieta son pura ficción…

Acabo de recibir la sorprendente noticia de que mi filme ¡Soy un pelele! ya se puede descargar gratis en la red.
Alguien ha subido la película a Internet en una versión impecable, y hasta se ha tomado la molestia de añadir una opción de subtítulos en inglés. Increíble.
Ésta es una de las muchas páginas que ha colgado la película.
En fin, llegó la hora de que la obra vuele sola. Ya la podéis disfrutar, odiarla, adorarla, abominar de ella o ignorarla.
Ya es libre.

Gilliam Vargas, “la teta valiente”.
Éste es el señor que llamó “chacha” a la concursante española-peruana de Operación Triunfo, Brenda Mau.
Alessandro Lecquio es un vividor italiano que se lo pasa estupendamente bien en los programas de telebasura españoles. A menudo hace gala de ese desprecio hacia las masas y los héroes proletarios típica de los nobles decadentes venidos a menos…
Al final, Brenda ha quedado segunda. No vi ninguna actuación, porque me da miedo perder el poco gusto musical que me queda, pero le eché una ojeada a su presentación, y la verdad es que el look que le prepararon los estilistas del programa era más bien inapropiado: le da un aire pingüino poco afortunado. En lugar de despejar su rostro, muy puro, lo ensombrecen.
De todas maneras, puestos a destacar bellezas, yo me quedo con la madre de Brenda.
Está para morirse. Ésa sí es una peruana hermosa.
Si yo fuera listo, me dedicaría a representar artistas de cómic peruanos en Europa y USA, y me haría rico haciéndolo, dado el talento que hay en estas tierras y lo fácil que sería colocarlos. Por desgracia para mí, no tengo alma de fenicio, y lo único que puedo llegar a consumar con mucho gusto es una recomendación gratuita.
César Carpio es uno de los dibujantes con mayor futuro del Perú. Actualmente está ilustrando un guión mío que convierte a la artista española Chiqui Martí, la mejor stripper de mi país y probablemente del mundo, en heroína de cómic pop, una suerte de Barbarella o Modesty Blaise adaptada a nuestros tiempos y nuestra idiosincrasia. El color lo aporta el talentoso Diego Rondón.

El guión abarca unas cien páginas, y César ya ha llegado a la mitad. Yo le jaleo desde Barcelona y él me envía auténticas gemas en forma de páginas a lápiz.
Miren y disfruten.
Siempre que me llevan por la Vía Expresa y me cruzo con una agente de policía Fénix, me imagino que me arrojo del taxi para agarrarme de la piernaza femenina y conminar a su dueña a que descargue contra mí el peso de la Ley… o mejor el suyo propio.
De ahí a fantasear con porno cholo hay un paso. A menudo me pregunto si existe demanda de cine X con peruanitas y, si existe, cuál sería la manera de explotarlo económicamente en un país donde la piratería impide la circulación de deuvedés oficiales. ¿Habría mercado posible en el extranjero, entre los países ricos?
La respuesta es Internet, claro. Supongo que el éxito de www.cholotube.com es significativo al respecto. Pero, aun así, hay un déficit de producto de ficción pornográfico latinoamericano. ¿Por qué no hacer películas sobre Magalys y Kinas Malpartidas en clave sexual? ¿Por qué no la Versión X de “La Matanza de Uchuraccay”, donde los periodistas invasores, en vez de ser masacrados y enterrados por un pueblo de serranos ajenos a la vida ajena, fueran asaltados, violados e iniciados en una senda inédita de placer cósmico por una horda de serranitas ninfómanas que no comprenden castellano pero sí los orgasmos múltiples?
¿Por qué no crear una élite de actrices porno que compita con la de las vedettes? ¿Un comando de malcriadas bientiradas? Quizá se presentaran a la oferta de sexo filmado las mismas muchachas: para terminar saliendo calata en una película de cine convencional, ¿no les saldría más a cuenta redondear la actuación con un número completo? Angie Jibaja diría sí. (Ya sé, ya sé, no hace falta dárselas de experto para adivinar eso…). Quizá hasta nos regalara un número gratis de lluvia dorada.
Todo depende de la profesionalidad y el salario ofrecidos, claro. La fuerte y rígida influencia católica en la población es de hecho una ventaja: nunca hay personas tan viciosas como en las sociedades religiosas. Estoy convencido de que un dinero considerable y un rodaje con garantías atraerían muchísimas mujeres con ganas de ganar plata y pasarlo bien.
Y a muchos hombres con… ganas.

Gabriel Rimachi es editor y escritor, una mezcla peligrosa, sobre todo para él. Los editores bohemios son raros: si ya un autor maldito lo tiene difícil, los editores malditos son más insólitos que un Quijote.
En enero pasado, Rimachi me regaló, entre tumbos y alegrías, una antología de cuentos editada junto a su compadre Carlos M. Sotomayor: 17 fantásticos cuentos peruanos (Ediciones Casatomada). Lo leí hace meses, pues, y mi recuerdo está distorsionado por el tiempo pasado: pero al mismo tiempo, hay cuentos que se han aposentado en mi memoria.
Con la literatura latinoamericana me sucede que, muchas veces, me resulta más fantástica su ficción supuestamente “realista” que la vertiente voluntariamente fantástica, sobre todo si intenta ser de género: supongo que de esa impregnación sobrenatural que ofrece cualquier aproximación naturalista se deriva el hoy denostado “realismo mágico”. Eso me ocurre también aquí: encuentro forzados varios de los relatos, sobre todo cuando pretenden entrar en las “reglas” de la tradición fantástica estadounidense y europea -tradición de la que está exenta España; a España le pasa parecido, pero por el lado opuesto, el de lo mundano-.
En cuanto al listado de nombres concretos -entiéndase mi enfoque como el de un profano, pues no conozco previamente casi ninguno-, me gustó la frescura de José B. Adolph, cuyo tono acorta distancias con el lector y rompe convenciones narrativas; el juguete algo obvio pero bien narrado de Víctor Miró Quesada; el estilo cuidadosamente desmañado de Gonzalo Málaga, aunque el seleccionado no sea su mejor cuento (pero ya se ha convertido en amigo, así que mi juicio no cuenta); el aura gótico-romántica de Marco García Falcón, que le augura un buen futuro como novelista comercial -en el buen, único sentido de la palabra “comercial”-; la eficacia de Fernando Sarmiento Rissi en su La última risa, aunque los cuentos pop ya han perdido su lustre moderno y hubiera estado bien no concretar la insinuación de identidades (pero a qué escritor le gusta que otro le diga cómo mejorar, presuntamente, su obra: y éste me va a matar cuando me lea, que también somos compis…); el ensimismamiento cósmico de Jeremías Gamboa (qué lejos llegará Gamboa: es de los pocos autores inteligentes que he tenido el gusto de conocer); la sencillez metalinguística, viciada de concurso literario pero servida con donaire, de Lucho Zúñiga, que le aproxima a Miró Quesada; y la autosuficiencia de Joham Page, cuyo elaborado El muro me parece el único relato reconocible como ortodoxamente fantástico que realmente respira.
Sin embargo, para mí la gran sorpresa emocional e intelectual del libro la aporta Enrique Prochazka, a quien nunca leí hasta tener esta compilación en manos, ni había oído mencionar. Prochazka es de esos escritores que están por encima de lo literario: se dan muy pocos en cada generación, escasos. Es de esos autores que bebe de otras fuentes antes que de la propia literatura, que aporta vida antes que estilo, pensamiento antes que tic, que trasciende lo gremial. Es del tipo de escritores que abiertamente admiro: como un Jack London, un Trevanian o un Albert Sánchez Piñol, Prochazka es una persona sabia que transmite miradas originales en su escrito, más allá de palabras bien encadenadas y bien heredadas de otros autores. En otras manos, su cuento podría ser una novela barata; en las suyas es una sorpresa constante, un reto de perspectivas.
Acabo de encontrar este certero artículo de Enrique Vila-Matas sobre una novela de Prochazka editada en España. Con semejante padrinazgo, creo que está claro por qué nuevo nombre deberían apostar las letras peruanas.
Prochazka, aunque siga el método Bedoya de camuflaje urbano y anonimato deliberado, debe darse a conocer más.